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La bicicleta como símbolo

En una anterior colaboración para Red de Ciudades por la Bicicleta me negaba a aceptar una relación única y unívoca entre bicicleta y ciudad en la forma en que, por ejemplo, esa relación existe hoy entre coches y ciudades: frente a la tiranía del automóvil, la democracia de la bicicleta.

En efecto, era una negativa “democrática”, razonada y razonable desde el punto de vista de los derechos individuales, así como un evidente rechazo de las políticas de movilidad que desde las instituciones se nos han venido imponiendo durante años hasta convertir esas políticas y sus consecuencias en insoportables: la organización y ocupación del espacio público por y en función de las necesidades del tráfico motorizado en detrimento de la comunidad y la mejor calidad de vida de los ciudadanos.

Pero esta negativa democrática no se limita a ser una reivindicación de nuestros derechos individuales como ciclistas o como ciudadanos. Nos negamos además “en positivo”, esto es, proponiendo alternativas. Con nuestra negativa aspiramos a la posibilidad de una nueva forma de participación y ocupación del espacio público, recogiendo un deseo colectivo de cambio y de comunidad que desborda el ámbito de los colectivos ciclistas.

Tanto para personas que a diario usan la bicicleta en sus desplazamientos al trabajo o por ocio como para aquellos otros colectivos que, sin ser asiduos ciclistas, apuestan por una movilidad sostenible y más humana, el fomento de la bicicleta de los últimos años se ha convertido para muchos en paradigma del cambio.

En efecto, la bicicleta se concibe por una amplia mayoría como la mejor herramienta en manos de la ciudadanía para propiciar un cambio de políticas, para mejorar el medioambiente de nuestras ciudades, su habitabilidad, y como medio para empezar a recuperar un modo de vida urbano comunitario que la proliferación del uso del automóvil ha hecho desaparecer.

La bicicleta, así concebida, no debiera entenderse entonces como una alternativa más de movilidad. Por contra, lo que muchos ciudadanos ven en ella y reclaman hoy a las autoridades públicas no es simplemente que se fomente el uso de la bicicleta, sino que exigen una transformación del concepto mismo de ciudad. Para buena parte de la ciudadanía la bicicleta es algo así como un símbolo cargado de connotaciones y potenciales valores ciudadanos, no exclusivamente vinculados con los colectivos ciclistas, y que están en la base de este deseo de cambio, como la autonomía personal, la apertura hacia la comunidad, además del respeto al medioambiente, la sostenibilidad o la recuperación del espacio público.

En efecto, deseamos transformar nuestras ciudades, conceptual y materialmente. Necesitamos hacerlas más sostenibles, cercanas y humanas. Queremos recuperar el espacio público para sus habitantes y comunidades, para peatones y ciclistas, para adultos y niños, limitando el uso privado, masivo y abusivo que del espacio público hace el tráfico motorizado.

La bicicleta como símbolo ha materializado muchos de estos deseos de transformación para la ciudadanía. Los avances de los últimos años en política de movilidad, gracias en parte a la concienciación ciudadana y, sobre todo, a la mejor preparación de nuestros técnicos de movilidad en los ayuntamientos, han hecho posible empezar a creer que estos deseos de cambio y transformación no son una vaga utopía sino una realidad.

Post Invitado
Daniel Capilla (@dcapillae)
Daniel Capilla

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